>Las frases de "El evangelio según Jesucristo" de José Saramago

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- El hijo de José y María nació como todos los hijos de los hombres, sucio de la sangre de su madre, viscoso de sus mucosidades y sufriendo en silencio. Lloró porque lo hicieron llorar y llorará siempre por ese solo y único motivo.

- Esclavos, soldados, guardias reales, plañideras, tocadores de pífano, gobernadores, príncipes, futuros reyes, y todos nosotros, dondequiera que estemos y quienquiera que seamos, no hacemos más en la vida que ir buscando el lugar donde quedarnos para siempre.
- No es querer decir amor y que la lengua no llegue, es tener lengua y no llegar al amor.
- Es ley de la vida, el olvido.
- La cuestión es que las mujeres aprendieron con la dura experiencia a tragarse las lágrimas, por eso decimos, tan pronto lloran como ríen, y no es verdad, en general, están llorando por dentro.
- Chua, entonces, ya no lloraba, pero sus ojos jamás volverán a estar secos, que ése es el llanto que no tiene remedio, aquel fuego continuo que quema las lágrimas antes de que ellas puedan brotar y rodar por las mejillas.
- No es preciso tener culpa para ser culpable.
- La ausencia es también una muerte, la única e importante diferencia es la esperanza.
- No basta una golondrina para hacer primavera.
- Tiene una herida en el alma y, no permitiéndole su naturaleza esperar que la sane el simple hábito de vivir con ella, hasta llegar a cerrarse esa cicatriz benévola que es no pensar, se fue a buscar por el mundo, quién sabe si para multiplicar sus heridas y hacer con todas ellas juntas un único y definitivo dolor.
- Los gestos no totalmente sinceros llegan siempre con retraso.
- Tras el tiempo, tiempo viene.
- Ninguna salvación es suficiente; cualquier condena es definitiva.
- Y en ese instante supo lo que en verdad querían decir aquellas palabras del rey Salomón, las curvas de tus caderas son como joyas, tu ombligo es una copa redondeada llena de vino perfumado, tu vientre es un monte de trigo cercado de lirios, tus dos senos son como dos hijos gemelos de una gacela, pero lo supo aún mejor, y definitivamente, cuando María se acostó a su lado y tomándole las manos, acercándoselas, las pasó lentamente por todo su cuerpo, cabellos y rostro, el cuello, los hombros, los senos, que dulcemente comprimió, el vientre, el ombligo, el pubis, donde se demoró enredando y desenredando los dedos, la redondez de los muslos suaves, y mientras eso hacía, iba diciendo en voz baja, casi en un susurro, Aprende, aprende mi cuerpo.
- Háblame de tu vida, pero ahora no, ahora sólo quiero que tu mano izquierda descanse sobre mi cabeza y tu derecha me abrace.
- Un árbol gime si lo cortan, un perro gruñe si lo golpean, un hombre se crece si lo ofenden.
- Darás a quien precise, no pedirás a quien no tenga. (María de Magdala)
- ¿Y cuál es el papel que me has destinado en tu plan? El de mártir, hijo mío, el de víctima, que es lo que mejor hay para difundir una creencia y enfervorizar una fe.
- El hombre es una moneda, le das la vuelta y ves el pecado.
- Entonces el Diablo dijo, Es necesario ser Dios para que le guste tanto la sangre.
- Nadie en la vida tuvo tantos pecados que merezca morir dos veces. (María de Magdala)

- Ni yo puedo hacerte todas las preguntas ni tú puedes darme todas las respuestas.

Gracias Saramago.

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