El Chico, La Chica Y El Miedo

Texto original en : Brit – es Magazine

El pasado jueves 7 de Noviembre tuve el privilegio de conocer el teatro Bush, en el oeste de Londres. Es una pequeña sala, con aforo para unas cien personas solamente, pero estupendamente acondicionada. Además, cuenta con un pub y una librería que ameniza los intervalos y te invita a quedarte después o a volver otro día. Cuenta con una agenda constante y muy animada, con pequeños grupos teatrales de distintas partes del mundo.


Ese día, el grupo de teatro catalán Artesbandes presentó allí su obra “Solfatara”. Al ser una obra en castellano, con subtítulos en inglés, Brit Es me sugirió escribir sobre ellos y acepté encantada.
Artesbandes está formado por tres personas que escriben y actúan. Son Mònica Almirall, Miquel Segovia y Albert Pérez Hidalgo. Su obra “Solfatara” aborda el tema del desgaste en una relación amorosa; como dos personas que se quieren pueden llegar al desprecio más profundo y sin embargo aguantar, por inercia… o por miedo. Son tres personajes, el chico, la chica y el miedo. El miedo hace de conducto de emociones, de abogado y de diablo. Es también el que hace partícipe al público de la vida de los protagonistas, ya que habló directamente sobre ellos como una voz en off.
La idea argumental, a primera vista muy poco original; resultó muy buena al incorporar un personaje etéreo, el miedo, que cambió totalmente el punto de visión del espectador. Sin embargo, el desarrollo de la historia me dejó perpleja y muy disgustada. Los problemas de pareja se plantearon con unos roles de género tan marcados, que parecía sacado de una obra de los años cuarenta, con la sección femenina de fondo y con el manual de la buena esposa. El hombre llega a casa de trabajar, ella hizo la cena y él odia la cena. Ella tan solo se preocupa de si a su novio le gusta la cena y él acaba gritándole y menospreciándola de una manera vejante y vulgar. Ella llora desesperada y él piensa en ir al fútbol, pero decide consolarla (Porque él no está mal por lo que sucede, solamente ella). En una segunda parte, él le da órdenes sentado en una mesa mientras ella se levanta y se sienta sin parar: Cocina esto, trae esto otro, ve a por aquello… La constante de ningunear la figura femenina, incluso se salió de los tres personajes. Durante un monólogo de ella recitando como una autómata (por culpa de la ansiedad provocada por los insultos de él) una receta de milhojas; en la pantalla de los subtítulos empezaron a salir comentarios del tipo: “No importa lo que está diciendo ahora, es tan guapa que me enamoraría de ella. Es super mona. Qué más da lo que diga”.
Mi perplejidad era tal que llegué a pensar que se trataba de una broma y que acabaría siendo una crítica social, pero no. Los autores de esta obra parece ser que no se han dado cuenta de que la sociedad afortunadamente ha cambiado un poco. Que aunque sigue habiendo mucha desigualdad entre géneros, las mujeres ya no llevamos colgada la cruz del rol de persona abnegada, que se levanta después de una noche entera discutiendo, para arreglar la casa y poner la mesa, mientras su novio se va a hacer deporte. Lo que más me sorprendió es que son autores jóvenes, uno de ellos mujer, y que ni se lo han planteado por un momento.
De cien maneras podrían haber abordado los problemas de una pareja joven. Cien situaciones de rutina que acabasen en erupción volcánica, que era su cometido (Solfatara), y han elegido la más manida y, en mi opinión, la más dañina.
En su favor tengo que decir que los tres actores han estado brillantes, y que, de no ser por ese planteamiento tan desafortunado, sería una obra que me hubiese gustado. El ritmo mantuvo a los espectadores en alerta continua y nadie se perdió detalle. Espero que el público inglés se haya quedado con eso y no vean a esta pareja como un prototipo español.

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